Un Converso
De El Aleph, por Jorge Luis Borges:
Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido: Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes, Hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam. No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso.